11 noviembre 2008

De la Selva Amazónica al Océano Pacífico - Parte 1



Arribamos a Iquitos luego de 5 días de navegación por el Ucayalli, río que (junto al Marañón) da origen al imponente Amazonas. El viaje, una experiencia única. En un carguero enorme que además de arroz, papas, madera, motos, camiones de helado (en marcha para que no se derrita la carga), entre otras cosas, transporta gente.

La idea es que cada pasajero lleve su hamaca paraguaya y su recipiente (lease tupper) para la comida, que la sirve el cocinero y su ayudante convocando a la gente mediante el golpeteo del cucharón contra la reja metálica de la cocina, y se instale junto al resto de la tripulación. Y así lo hicimos, conseguimos un par de tuppers, colgamos nuestras hamacas, cogimos un par de libros y nos relajamos...



En el trayecto ví una infinidad de aves de todos los colores y tamaños, algunas que pude identificar y otras que me dejaron con la intriga dado que no figuraban en la guía de identificación. Al llegar a Iquitos busqué por todas las librerías.. solo había dos.. alguna guía que incluyera las aves de la amazonía, pero no tuve éxito. Me pareció extraño. "Muchísima gente de todas partes del mundo visita este lugar increíble para 'birdwatching'", pensé.. aún así, no encontré ninguna guía de aves de la región.

Así fue que solo quedé con la información brindada por la gente del lugar, que no es poca cosa, preguntándo en cada sitio cómo llamaban ellos a algunas de las especies que se presentaban. Muchos hablaban de los "gallinazos" en el Mercado de Belén, una feria enorme en el que encontrás desde una caja de fósforos hasta un monito con correa. Y ahí los ví, eran jotes de cabeza negra (Coragyps atratus), estaban por todos lados, planeando alrededor, posados en los tejados e incluso caminando entre la gente comiendo los restos de carne de tortuga, pez, caimán, res, que desechaban los vendedores.


Si bien Iquitos se ubica en medio de la selva rodeada de ríos y abundante vegetación, no deja de ser una urbe, por lo que para poder ver vida salvaje y natural en su estado mas puro hay que escapar a poblados más pequeños o a la mismísima selva. Y eso fue precisamente lo que hicimos. Hablamos con un guía nativo que por un módico precio nos llevó a pasar 4 días de supervivencia en la amazonia. Tomamos un "colectivo", así le llaman a unos botes techados similares a una canoa con motor que transporta gente entre sitios cercanos, y llegamos a Puerto Miguel. Previo paso por la confluencia del Marañón y el Ucayalli (naciente del río Amazonas) en donde vimos una gran cantidad de delfines, unos grises con el vientre rosado y otros completamente rosados! Según Pepe (el guía), comen hasta 15kg de pescado por día.

En la orilla enfrente del pueblo, llamó mi atención un grupo de aves de vientre blanco y dorso negro con un enorme pico rojo. Tome los binoculares y sorpresa, se trataba de rayadores (Rynchops niger) que posaban sobre la arena. Increíble la similitud de los mismos con el dibujo de la guía!


En Puerto Miguel pasamos la primer noche. Este es un pueblo pequeño con casitas de madera y palma construídas a cierta altura del suelo por la creciente del río. Esa misma tarde hicimos un recorrido en canoa por el río Yarapa para reconocimiento del lugar. Pude observar una gran cantidad de aves rapaces: cara caras, similares al chimango pero de color blanco y negro, mamá viejas o gavilán de las ciénagas, un ave rojiza con la cabeza toda blanca que es medio carroñera, jotes de cabeza roja o rinavis (Cathartes aura) y amarilla (C. burrovianus), gavilanes negros y aguiluchos. También vimos nidos de Yapú, bollero de cola amarilla u Oropendola (Psarocolius decumanus) y a sus constructores claro está. Colibries, tucanes, tucanetas, arara de barriga amarilla o Guacamayo Amarillo (Ara ararauna), gallitos de las lagunas y camungos (un ave enorme herbívora que emite un sonido muy chistoso, parece de dibujo animado).


En un momento nos detuvimos en un campamento turístico que parecía abandonado a buscar ansuelos para pescar, al volver a la canoa vimos sobre la orilla un mono tocón (o fraile) que había bajado a beber agua al río. Luego, una vez en la canoa, vimos un grupo de monitos saltando de rama en rama cual documental de Nat Geo, parecían tipitos jugando entre los ceticos. Increíble.

La noche en Pto. Miguel fue alucinante. Durante el día habíamos estado oyendo cantos y llamados de mil aves y demás seres, por la noche los sonidos cambiaron completamente, seguían siendo mil pero diferentes, y así hasta el amanecer. No hay silencio en la selva. A la mañana siguiente desayuno y partimos nuevamente en canoa lejos de la "civilización" para acampar en medio de la selva y supervivencia, lo único que llevamos fue un poco de arroz para acompañar lo que pescáramos y/o cazáramos.


Antes de llegar al lugar en donde establecimos el camapamento, hicimos un stop en uno de los margenes del río y caminamos hacia una laguna enorme cubierta de vegetación. No pude creer lo que vimos al llegar: entre los árboles, eran varios, una población entera, eran hoatzines (Opistocomus hoatzin) gritando y volando de un lado a otro! fue mágico ver este ave "prehistórica" ahí, así nada más... una sensación indescriptible.

Seguimos viaje, yo con una sonrisa mucho más grande a la que ya llevaba dibujada en el rostro desde el comienzo de este viaje, y en otra orilla lejana carpa, lona para la lluvia y fueguito para cocinar las carachamas (peces con placas durísimas en lugar de escamas consumidos y comercializados por los lugareños en los mercados) que habíamos atrapado con la red. Descanso y excursión por el río.




Esa misma noche, luego de una pesca exitosa de pirañas, llovió como nunca antes había visto llover en mi vida. Toda la noche, incesantemente, oimos truenos y las gototas que golpeaban la lona sobre la carpa. A la mañana pirañas, arroz, caimán que trajo Pepe y excursión por la selva, esta vez a pie. Caminamos hasta otra laguna que habíamos tratado de atravezar el día anterior con la canoa sin poder lograrlo. En el trayecto vimos tucanes en lo alto de los árboles y nos comieron los mosquitos, que venían haciendolo desde el primer día que pisamos suelo amazónico. Con el 'templo' mutilado por las picaduras, caminamos y caminamos. Bebimos de la famosa "uña de gato" o Yacuasca, una liana que contiene agua en su interior, y comimos algunos frutos silvestres (Sidra y Charichuelo). Conocimos la Capirona, un árbol de la familia del Eucalipto, el Remocaspi, del que sacan la madera para hacer los remos con forma de hoja que usan allí y la Tangarana, un árbol en el que habitan hormigas que cuando lo abandonan éste muere sin remedio.

La experiencia de permanecer en la selva con gente del lugar y de tratar de subsistir como lo hacen ellos, sin nada más que una lanza, un ansuelo y una canoa, fue espectacular. Durísimo soportar las picaduras y más sabiendo que solo las sufríamos nosotros "los gringos", dado que a los nativos los moscos ni los ven. Dice Pepe que es porque ellos desde pequeños consumen Aguaje, un fruto que crece en una palma y que funciona como repelente natural. Mas allá de la picazón, fue extraordinario ver y ser parte de toda esa vida, de todo ese verde, de esos sonidos, sentir tantas sensaciones. La selva es única, mística, es como bucear en otro mundo, en un mundo totalmente natural, lleno de seres coloridos que rompen el silencio del lugar sin quebrantar la quietud y la magia de este fabuloso sitio.
















Pia

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